Sonó el teléfono. Al otro lado de la línea, emisarios de una multinacional estadounidense buscaban terrenos fértiles donde levantar el que se convertiría en uno de los complejos industriales más avanzados de Europa.
Así empieza la historia que Rafael Romaguera Benavent contaba siempre en casa. Algunos de esos campos de cultivo eran suyos.
Cincuenta años después, la planta de Almussafes celebra su aniversario. Para la familia de Rafael, la cifra no es solo industrial. Primero entró él a trabajar, y después su yerno, José Folgueira Canto. Más tarde llegó su nieto, John Folgueira, que hoy trabaja en la planta de pinturas.
«Nunca se esperaron que una multinacional de esa índole fuera a instalarse primero en Almussafes y, después, en sus propios terrenos», recuerda su nieto John. Aquel agricultor —llaurador, como se dice en la tierra— no solo aceptó la venta de sus parcelas, sino que decidió cruzar las puertas de la factoría para formar parte de sus primeras promociones de trabajadores en 1976. «Para él fue una oportunidad enorme. Dejó de depender exclusivamente del campo para compaginarlo y tener una vida mucho mejor. Nunca dejó la tierra del todo, pero gracias a Ford pudo comprarse su primer coche».
Trabajó en la planta de pinturas, en la zona de sellado. Su tarea era tirar los cordones de sellado en la parte trasera del coche, la del portón. Era la anécdota que repetía siempre, también en las últimas semanas antes de fallecer, cuando la familia hablaba con él de lo que más le importaba.
Cuando aterrizó en Ford, Rafael no imaginaba que la fábrica no solo transformaría su economía cotidiana, sino que acabaría escribiendo el destino entero de su familia.
Cómo se conocieron mis padres (y qué papel jugó Ford)
La historia de las tres generaciones de esta familia en Almussafes no sigue un guion convencional, sino uno puramente cinematográfico repleto de casualidades que John relata con una sonrisa.
Mientras Rafael aprendía el oficio en la factoría valenciana, el padre de John, José Folgueira Canto —originario de Galicia—, se encontraba en Londres trabajando como limpia zapatos en la calle. Con el tiempo, tuvo como clientes a «señores importantes». Algunos tenían relación con Ford, que estaba presente en el Reino Unido. Gracias a esos contactos llegó a la escuela de aprendices y, de ahí, a trabajar en Valencia como encargado de la zona de sellado, donde trabajaba Rafael.
Durante años, ambos compartieron nave, turnos y respeto profesional. El desenlace parece cosa del destino: «Cuando mi abuelo Rafael se jubiló, invitó a su encargado a cenar a casa para celebrarlo. Ese encargado era mi padre, José. En aquella cena conoció a mi madre, y de ahí nacimos mi hermana y yo. Siempre lo digo: gracias a la empresa, yo estoy hoy aquí en el mundo».
Un pueblo que creció con la planta
Los recuerdos de John sobre la fábrica están tejidos con las anécdotas que poblaban las sobremesas familiares y las cenas de Nochebuena. Aquel abuelo incansable salía de su turno en la planta de pinturas, almorzaba en el comedor de empleados y se subía a su bicicleta para pedalear hasta la huerta a seguir cuidando sus campos.
Rafael también vendió más tarde otras parcelas en la zona del Raval de Almussafes para levantar viviendas de protección oficial donde se instalaron muchos de los trabajadores que llegaban desde otros rincones de España para incorporarse a la planta. Almussafes y municipios vecinos como Benifaió crecieron al compás de los turnos de la factoría.
Con el paso de los años, José Folgueira fue consolidando su carrera hasta convertirse en responsable (senior) del turno de noche en pinturas. Forofo confeso de los coches, por sus manos pasaron modelos emblemáticos de la marca: desde el Sierra, el Escort o el Orión, hasta el Maverick, el Cougar o el Focus ST. «Ha vivido cada época de su vida con un coche de la compañía; siempre ha sido un trabajador profundamente orgulloso de su empresa», explica su hijo.
José se jubiló en 2009. Cuatro años más tarde, en 2013, el testigo volvió a pasar de manos cuando John Folgueira superó el proceso de selección para entrar a trabajar en Almussafes.
«El día antes de empezar, mi padre fue a comprarme una mochila y una cartera», rememora John. «Me llevó en coche hasta la puerta de la fábrica, me dio la mochila y me dijo: ‘Ten, llénala ahora de experiencias y de sabiduría. Y con tu esfuerzo, el día de mañana llenarás esta cartera para tener tu casa, tu familia y todo lo que te propongas’. Y mi abuelo Rafael, que era un hombre al que costaba ver emocionado, no pudo contenerse cuando le contamos, tras mantenerlo en secreto hasta confirmarlo al 100%, que había entrado en la factoría, y además en pinturas, la misma planta donde habían trabajado él y mi padre».
Su primer turno fue una mezcla de incertidumbre y muchas ganas de aprender. «Los inicios siempre son importantes para ver cómo has crecido», reflexiona. «Lo recordaré con mucha nostalgia.»
Hoy trabaja en el área de reparación, dentro de pinturas y colabora de forma activa en proyectos de comunicación interna de la factoría.
La huella que permanece en el taller de pinturas
Aunque la diferencia generacional impidió que los tres coincidieran físicamente en el mismo turno, la huella de Rafael y José sigue muy presente en las instalaciones. «En la planta, cada vez que alguien veterano nombra a mi padre o a mi abuelo, siempre tienen palabras extraordinarias para ellos. Eran dos personas que se complementaron muy bien y que dejaron un recuerdo intachable».
Rafael Romaguera falleció el año pasado, pero hasta sus últimas semanas de vida mantuvo intacta la memoria de aquellos primeros años en la línea: cómo tiraban los cordones de sellado a mano y el impacto que le supuso, años después durante una visita por el 35 aniversario de la factoría, ver lo mucho que había cambiado la labor que él desempeñaba.
«Si mi abuelo pudiera vernos hoy celebrar estos 50 años de Almussafes, sentiría un orgullo inmenso», reflexiona John. «Vería que su nieto está bien, construyendo su propio camino gracias al legado que ellos levantaron con tanto esfuerzo. Ellos hicieron crecer esta factoría».
Al conmemorar medio siglo de historia, el complejo de Almussafes es para la automoción un referente de vanguardia y tecnología. Para la familia Folgueira Romaguera, sin embargo, es algo mucho más íntimo: la tierra que un día cosecharon, el lugar por el que se conocieron sus padres y la casa que ha dado porvenir a tres generaciones.